Salí de la universidad con mi título en la mano, convencida de que estaba lista. Cinco años de teoría, prácticas en hospitales, simulacros de emergencia. Qué equivocada estaba.
Mi primer empleo llegó tres semanas después de graduarme: enfermera asistencial en un hospital del Minsa en San Juan de Lurigancho. Sueldo básico, turno rotativo, y una realidad que ningún libro de Kozier & Erb describe con fidelidad. El primer día entré al pabellón de medicina interna con el uniforme planchado y el corazón desbocado. Había dieciséis camas. Doce pacientes activos. Y yo sola hasta que llegara el técnico de turno.
Confieso que en los primeros treinta minutos estuve a punto de llorar. No porque el trabajo fuera imposible, sino porque nadie me había enseñado a gestionar ese tipo de soledad profesional: la de tomar decisiones reales sobre personas reales sin un docente al lado para validarlas. La primera vía periférica que instalé ese día me temblaron las manos. El señor Aurelio, setenta y dos años, me miró con paciencia infinita y me dijo: «Tranquila, señorita, ya lo hiciste bien.» Ese hombre me enseñó más sobre compostura de lo que yo le enseñé sobre salud.
Lo más duro no fue la carga física, aunque los turnos de doce horas sin sentarse más de diez minutos tienen su precio. Lo más duro fue enfrentarme al sistema. En la carrera aprendemos el proceso de atención de enfermería como una estructura ordenada y limpia. En el hospital público peruano, ese proceso convive con el desabastecimiento de insumos, los familiares que no comprenden indicaciones, los médicos que no siempre escuchan y la burocracia que ralentiza todo. Aprendí que ser buena enfermera en Perú requiere también ser creativa, persistente y, muchas veces, vocera de un paciente que no sabe cómo exigir su derecho a la salud.
Hubo una noche que cambió mi perspectiva completamente. Una paciente con sepsis deteriorándose rápido, signos vitales en caída, y el médico de guardia sin responder el interno. Actué con lo que sabía: posición, oxigenoterapia, registro minucioso, llamadas escalonadas al equipo. Cuando el médico llegó, los datos que yo había documentado permitieron una intervención rápida. Esa noche entendí que una enfermera no es auxiliar de nadie: es el eje clínico del cuidado.
Si pudiera hablarle a la Valeria que estaba terminando sus prácticas preprofesionales, le diría esto: estudia más farmacología de la que crees necesitar, aprende a leer una historia clínica a fondo, y no subestimes el poder de presentarte ante un paciente, mirarlo a los ojos y decirle su nombre. La técnica se perfecciona. La humanidad, o la traes o la vas construyendo con cada turno.
Hoy, catorce meses después, sigo en ese mismo hospital. El uniforme ya no está tan planchado, pero mis manos ya no tiemblan. Y el señor Aurelio, que volvió por un control, me reconoció desde el pasillo. Eso, ningún título universitario me lo da.

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